Terapias Holísticas

Cuerpos sin edad, mentes sin tiempo

Durante los años en los que trabajé de enfermera en la consulta de atención primaria me di cuenta de que existen distintas edades que habitan en distintos cuerpos, y mentes abiertas que viven en distintas edades.

Me encontraba con personas que tenían 30 años, 40 años, y su actitud ante la vida, su desánimo y mal humor no se correspondían con su edad cronológica. Y sin embargo venían personas de 80 años que daba gusto verlas y hablar con ellas; gozaban de alegría e ilusión.

El Dr. Deepak Chopra hace años que explicaba en su libro Cuerpos sin edad, mentes sin tiempo que el ser humano tiene 3 edades: la edad biológica, la edad cronológica y la edad psicológica. Esto lo vi clarísimo en mi consulta.

Y me preguntaba: ¿a qué deben de obedecer estas diferencias? Obviamente, hay muchísimos factores en juego: físicos, epigenéticos, educacionales, etc. No trato de hacer un estudio científico, ni mucho menos; me llevaría mucho tiempo y debería ser muy rigurosa. Pero a grandes rasgos detectaba que la ilusión, las ganas de vivir, el optimismo y el buen humor eran sinónimos de buena salud o, como mínimo, de saber sobrellevar la enfermedad, de no permitir que esta les arruinase la existencia.

Por otro lado estaban las otras personas que, siendo más jóvenes cronológicamente, tenían un discurso en el que predominaba la queja, el desánimo, el mal humor y la crítica; y aunque padeciesen leves desequilibrios, estos se prolongaban en el tiempo y eran recurrentes.

Cada día somos más conscientes de que cuidarnos e implementar hábitos saludables en nuestra vida cotidiana, no solo físicos sino también emocionales, es fundamental para construir nuestro bienestar y armonía.

Una dieta equilibrada, el ejercicio físico adecuado, estar en contacto con la naturaleza y la meditación nos proveen de recursos para mejorar la relación con nosotros mismos y con los demás.

Un día entró una pareja en la consulta; el señor tenía 80 años y la señora 85.

El motivo de la consulta era una revisión rutinaria.

Cuento esta historia porque la recordaré siempre. Me gusta recordar “cosas buenas”; me parece muy sano porque así vamos llenando el vaso de la esperanza, de aquello que nos nutre, que nos alegra el alma.

Entraron ambos a la consulta, la señora con una sonrisa. Era una sonrisa nerviosa, que me recordó la de una adolescente. He de decir que era la primera vez que los veía. El señor permanecía más serio y era muy amable; tenía un porte de “caballero”.

Comencé con el protocolo establecido, y durante todo el tiempo la señora permaneció con su sonrisita. Una vez terminada la revisión, le pregunté muy cordialmente: “¿Cómo es que está tan contenta?”.

Ella, mirándole a él, le dijo: “¿Se lo cuento?”. Entonces el señor sonrió y le dijo: “Sí, cuéntaselo”.

Y me lo explicó con muchas ganas…

Los dos eran viudos desde hacía varios años, y ambos tenían hijos y nietos. A veces la señora iba a comer sola a un restaurante y el señor a veces también iba a comer solo a un restaurante.

Un día coincidieron en el mismo restaurante de la ciudad donde ambos vivían. La señora entró y estaban todas las mesas ocupadas, y el camarero le preguntó si le importaba compartir mesa. Ella respondió que no le importaba. Y el camarero preguntó a un señor que comía solo en una mesa si le importaba compartir su mesa con la señora. El señor no tuvo ningún inconveniente en compartir su mesa con ella.

Y cito textualmente las palabras que me dijo la mujer: “Desde entonces no hemos parado de reír, y ahora somos novios”.

¡¡Guau!! Me conmovieron los hechos reales que me estaban contando en primera persona. Me pareció una historia tan linda… y tan hermosa… Se fueron a vivir juntos, y ella me explicó que daban largos paseos juntos y que se sentían muy felices y afortunados de haberse conocido.

Ya estaban programando su boda, y por eso ella entró en la consulta con esa sonrisa que iba anunciando un enlace tan inesperado.

Confieso que me alegraron la tarde. Me fui a casa sonriendo, agradecida de haberles conocido, de que me hubieran contado su historia y me hubieran demostrado con ello que todo es posible, que la vida siempre se abre camino si permites que corra por tus venas.

Sus soledades, que habitualmente se habían sentado con valentía en esas sillas del restaurante, se alejaron de sus vidas para siempre, y ambos se convirtieron en cuerpos sin edad y mentes sin tiempo.

Ilusionarse y dejarse sorprender, no perder la esperanza y estar disponible ante nuevas oportunidades que la vida nos presente no es patrimonio de la juventud física. Es patrimonio de espíritus jóvenes, independientemente de su edad cronológica; de mujeres y hombres con mente abierta que siguen sintiéndose los protagonistas de su propia vida, que siguen caminando con las botas puestas.

 


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Yolanda San Miguel

Terapeuta holística y formadora